DADA LA POSIBILIDAD DE ELEGIR ENTRE UN JEFE HOMBRE O UNA JEFA MUJER AL MOMENTO DE INGRESAR A UN NUEVO TRABAJO, LA MAYORÍA DE LAS PERSONAS AÚN SE INCLINA POR LA PREFERENCIA DE UN JEFE HOMBRE. EXISTE UN SESGO INCONSCIENTE QUE NOS HACE PENSAR QUE EL LIDERAZGO ES MASCULINO Y QUE LOS HOMBRES SON LÍDERES “POR NATURALEZA”. CUANDO UNA MUJER LIDERA, DEBE PROBAR REITERADAMENTE QUE ESTÁ EN CAPACIDAD DE HACERLO Y QUE POSEE HABILIDADES DEL LIDERAZGO, PORQUE DESAFÍA UN ESTEREOTIPO CULTURALMENTE MUY ARRAIGADO.

Bien sabemos que el género nada tiene de natural. Es una construcción social. Sin embargo, hemos establecido una identidad y una superposición casi perfecta entre el liderazgo y los rasgos que arbitrariamente en nuestra cultura definen a lo masculino; mientras que no relacionamos ninguna identidad entre lo que definimos como femenino con el liderazgo.

La visión estereotipada del liderazgo constituye un callejón sin salida para las mujeres que las penaliza doblemente. Si una mujer lidera con acuerdo a lo que se consideran “rasgos masculinos”, se la condena y tilda de fría, despiadada, ambiciosa en exceso y poco femenina. Si es decidida y asertiva, se considerará que ejerce el liderazgo de modo masculino y se la estigmatizará como una mujer desagradable. Si, en cambio, no lidera como un hombre, se creerá que es demasiado débil para ocupar la posición. El género se convierte de ese modo es un atajo cognitivo tremendamente poderoso y dañino. Las mujeres que contradicen la prescripción de género y adoptan comportamientos catalogados como masculinos mostrando, por ejemplo, una tendencia a ponerse al mando o a tomar riesgos, en vez de ser premiadas suelen ser percibidas negativamente y etiquetadas como mandonas; mujeres atípicas en las que no se debe confiar porque se desvían de lo esperado para su género. Las mujeres para tener éxito, supuestamente deben actuar de un modo más acorde con el estereotipo de lo masculino, pero aquellas que lo hacen son juzgadas desfavorablemente y sufren consecuencias negativas como resultado. Las investigaciones muestran que cuando una mujer posee ambición y orientación al poder disminuyen los niveles de agrado que las personas manifiestan hacia ella. Pero la ambición es un rasgo difícil de evadir cuando se aspira a obtener una posición de liderazgo. Cualquier diría que es un atributo que “viene con el trabajo”.

Según la OIT (Organización Internacional del Trabajo), la segunda barrera más citada como impedimento de los liderazgos de las mujeres son los roles sociales que aún hoy persisten siendo definidos como aceptables para varones y mujeres. Entre ellos, el management continúa siendo pensado como un trabajo de hombres. Las mujeres no lograremos salir de la trampa del liderazgo hasta que como sociedad no trabajemos de manera comprometida y real para modificar esa concepción tan arraigada como inconsciente; que nuestra cultura no solo le ha asignado género al liderazgo, sino que ha decidido arbitrariamente que es masculino.

Fuente: www.grupo5.net

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